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Husserl y Gadamer. Fenomenología y hermenéutica


 

Toda la filosofía de hoy, excepto si se basa en el análisis del lenguaje (natural o artificial), es fenomenología o hermenéutica. La fenomenología la fundó Edmund Husserl en 1900; la hermenéutica la fundó Martin Heidegger -hasta cierto punto, discípulo de Husserl- en 1927, pero pasó al primer plano solo gracias a un discípulo de Heidegger, Hans-Georg Gadamer, en 1960. En realidad, hay anticipaciones de ambas tendencias contemporáneas desde Platón, pero perseguirlas sería cuento largo y, ahora mismo, poco apasionante.

Cuando Husserl fue entendido, los filósofos reaccionaron con un entusiasmo que el gremio no sentía desde las críticas kantianas, un siglo atrás. Era como si el mundo y la vida humana se ofrecieran otra vez nuevos a la mirada del asombro. Era como si en la filosofía se hubiera de pronto empezado a practicar una técnica de examen de lo real paralela a la que el expresionismo desarrollaba en la pintura. Una segunda (o quizá tercera) inocencia.

Garcia-Baró, Miguel 

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Leibniz. En el mejor de los mundos posibles



 Una de las tesis de Leibniz más citadas y peor comprendidas es. sin duda, la que da título a este libro y que ha contribuido a calificar de optimista la filosofía leibniziana. Esta interpretación se la debemos sobre todo a Voltaire, quien, en su ensayo (publicado bajo seudónimo) Cándido o el optimismo (1759), ridiculiza a Leibniz poniendo en boca del doctor Pangloss la afirmación de que «vivimos en el mejor de los mundos posibles». El terremoto de Lisboa (1755) había sacudido literalmente al filósofo francés; por este motivo, junto a otros ilustrados, Voltaire ironiza sobre la providencia divina que había permitido morir a cien mil personas en la catástrofe, y para ello ceba su sarcasmo en una máxima que el pensador alemán había dirigido medio siglo antes contra el voluntarismo de Descartes, quien sostenía que Dios, en su omnipotencia, podría haber creado a su libre arbitrio el mundo que hubiera querido, independientemente de su perfección. Para Leibniz, bien al contrario, si Dios existe, nunca podría dejarse llevar por su poder o capricho al crear, sin dejarse guiar por la razón suficiente y la conveniencia en su obra, pues siempre hay «razones» que rigen tanto el comportamiento divino como el humano.

Roldán, Concha 

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Popper y Kuhn. Dos gigantes de la filosofia de la ciencia del siglo XX


 

En este libro se analizan y comparan las concepciones de los dos filósofos de la ciencia más influyentes del siglo xx: Karl Popper y Thomas Kuhn. Su influjo alcanzó (y todavía alcanza) mucho más allá del estrecho círculo de la filosofía académica. En el caso de Popper, un gran número de representantes connotados de las ciencias naturales, de las ciencias sociales y de la política se han declarado explícitamente «popperianos» o han reconocido su deuda intelectual para con Popper Ejemplos notorios son el astrofísico Hermann Bondi, el Premio Nobel de Biología Jacques Monod, el Premio Nobel de Economía Friedrich von Hayek, el historiador del arte Ernst Gombrich, el excanciller alemán Helmut Schmidt o el financiero multimillonario George Soros.

Ulises Moulines, C.

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Foucault y Derrida. Pensamiento francés contemporáneo


 

El pensamiento francés de la segunda mitad del siglo xx ha sido muy probablemente la última gran corriente especulativa capaz de renovar enteramente el lugar en el que plantear los problemas y el modo de hacerlo, hasta el punto de que podría decirse que, por lo que respecta a nuestro utillaje conceptual, vivimos en sus postrimerías. Su influencia ha sido enorme, cubre toda la geografía intelectual y abarca todos los ámbitos, desde la reflexión política a la crítica y la experimentación artística. Los pensadores que llevaron adelante esta renovación fueron numerosos y de una rara calidad, y entre ellos destacan especialmente Michel Foucault y Jacques Derrida.

Morey, Miguel 

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Habermas. La apuesta por la democracia

 


Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929) es un clásico vivo. No solo es un filósofo sino un pensador interdisciplinar en la mejor tradición de la Teoría Crítica, una corriente intelectual que ha vinculado la reflexión filosófica con las ciencias sociales. Desde el inicio de su actividad ha tratado de conectar de diversas maneras la teoría con la praxis y ha dedicado su obra, prioritariamente, a la ética, la política y el derecho, esto es, a la dimensión normativa que debe guiar la acción humana. Habermas entronca con los filósofos clave de la filosofía alemana. 

Guerra Palmero, María José 

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Hobbes. La autoridad suprema del gran Leviatán



 ¿Cómo abordar la filosofía de Thomas Hobbes? ¿Cómo enfrentarse a su elevada figura, aquella que, mientras que algunos la consideran propia de un ángel, una gran mayoría abomina por haber ayudado a justificar la tiranía y el poder más absolutista? ¿Cuál era su verdadera intención al imaginar y describir un estado presocial como una situación de guerra sin cuartel, en la que los hombres convierten la vida en un espectáculo vil y esperpéntico? ¿Por qué puso tanto empeño en convencernos de que el poder soberano, sin cortapisas, es bueno por definición, y de que nuestra obligación es obedecer en todo al gigante Leviatán, el Estado, por encima de todas las cosas?

Iturralde, Ignacio 

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Heidegger. El fracaso del ser


 

Este libro pretende plantear una aproximación a Heidegger. Por varios motivos, sin embargo, la tarea aparece gravada de antemano: una obra todavía en curso de publicación 40 años después de su muerte; una extendida controversia sobre la figura del filósofo; un desacuerdo general sobre el propio sentido y el alcance de su filosofía... No sabemos siquiera si esa obra merecerá en el futuro ocupar una posición tan relevante como la de sus predecesores: Nietzsche, Hegel, Kant... o simplemente resultará marginada. Pero por motivos que aquí se presuponen y desarrollan, la obra de Heidegger conecta con la de aquellos en un sentido imposible de atribuir a cualquier otro filósofo del siglo xx, tal vez porque en ella se convoca a toda la «historia de la filosofía».

Leyte, Arturo 

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Arendt. Estar (politicamente) en el mundo



 En una entrevista realizada en 1964, cuando Arendt era ya una de las grandes figuras reconocidas del pensamiento en Estados Unidos, el entrevistador le preguntó acerca de su papel como filósofa. Ella se apresuró a rechazar con cierto enojo su inclusión en el círculo de los filósofos: «Mi profesión, si puede hablarse de algo así, es la teoría política. No me siento en modo alguno una filósofa». ¿Qué es lo que nos muestra esta incomodidad de ser identificada como tal? Quizá lo primero que debamos precisar es que esa tajante afirmación no supone un rechazo de la filosofía por su parte, ni evitar un propósito filosófico en su obra, ya que nada estaría más lejos de su intención, como podremos ver a lo largo de estas páginas.

Sánchez, Cristina 

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Filosofía helenística. Estoicos, epicúreos, cínicos y escépticos


 

Quien tenga una vaga y somera idea de historia y cultura griega tiende a considerar el pensamiento del período helenístico como el ocaso de un gran esplendor, el crepúsculo de un día glorioso del espíritu humano. Este período -situado entre la muerte de Alejandro Magno en 323 a.C. y la batalla de Actium de 31 a.C., en la que Octaviano derrotó n Cleopatra y Marco Antonio, y anexó Egipto al Imperio romano- ha l ardado mucho en recibir la atención que hoy se considera que merece. Durante siglos se lo tuvo, no solo en medios cultos extraacadé- rnicos, sino incluso entre la flor y la nata de los estudiosos helenistas, por una fase de resaca o repliegue. Se creía que después de que la filosofía alcanzara su cumbre especulativa con el pensamiento idealista de Platón (c. 427-347) y su plenitud científica con las investigaciones de Aristóteles (384-322), las circunstancias históricas y tal vez cierto cansancio del espíritu habían llevado del optimista y confiado ímpetu de conocimiento del mundo exterior (Ideas y mundo) a un repliegue del individuo sobre sí mismo. Esta, más o menos, es la noción superficial que suele existir acerca de las escuelas filosóficas más representativas del período helenístico: cínica, epicúrea, estoica y escéptica. Según esta concepción, la filosofía, que habría alcanzado esforzadamente la cima del saber con sus dos más preclaros pensadores, se habría despeñado por la ladera opuesta con esas humildes escuelas.

Cardona, J.A.

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Wittgenstein. La consciencia del límite


Carmona, Carla 

 Ludwig Wittgenstein revolucionó la historia del pensamiento en dos ocasiones. Por eso se distinguen claramente dos etapas en su filosofía: la correspondiente a la teoría figurativa del significado y la que gira en torno a la máxima «el significado de una palabra está en el uso».

La primera etapa se corresponde con el Tractatus logico-philo- sophicus, la única obra de filosofía que publicó durante su vida. La teoría figurativa del significado establece una correspondencia entre la forma del lenguaje y la forma del mundo que la lógica sería capaz de poner de manifiesto, de mostrar, gracias a sus proposiciones tautológicas, que nada dicen acerca del mundo, pero que lo figuran. La honestidad de su trabajo filosófico fue tal que en su segunda etapa no titubeó a la hora de echar por tierra dicha correspondencia, que muchos todavía veneraban y que él mismo había entendido como punto y final de la filosofía.

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La filosofía al modo geométrico



La historia del pensamiento abunda en destinos insospechados. Lo que un día estuvo en lo más alto se precipita al poco en el olvido, lo que parecía llamado a la desaparición perdura. Erasmo de Rotterdam fue en el siglo xvi la máxima personalidad del humanismo europeo, uno de los grandes impulsores de la modernidad cultural, cuya palabra era ley en el continente, y hoy solo es lectura de especialistas. Voltaire dio nombre a un siglo, el tan reciente xvm, se identificó en gran medida con el proyecto emancipador ilustrado, fue ensalzado por Nietzsche en la segunda mitad del siglo xix, y ha corrido suerte pareja a la de su predecesor humanista. Hubo un tiempo en que la cultura fue hege- liana, cuando se entendió que la historia de la humanidad tenía una dirección precisa y un sentido, percepción que llegó a ser abrumadoramente hegemónica en varios períodos del siglo xix y del xx, y hoy ya casi nadie quiere recordar a Hegel. Todos los indicios condenaban a un oscuro rincón de las enciclopedias a la doctrina de Baruch Spinoza. 

Solé, Joan - Spinoza.

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Hegel. Lo real y lo racional



Un importante filósofo español explicaba con cierta guasa su desconcierto cuando, al inicio de unos estudios de filosofía tan brillantes como iconoclastas, decidió con un compañero leer al alimón la obra más conocida de Hegel, la Tenomenología del espíritu. Al cabo de unas horas de lucha con la primera página, ambos solicitaron auxilio, en razón no ya de la dificultad para seguir la argumentación, sino para enterarse de sobre qué estaba hablando el autor en esas primeras líneas de su obra. 

Gómez Pin, Víctor 

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Filosofia medieval. De Al-Farabi a Ockham



 La Edad Media ha sido durante largo tiempo un campo vedado al común y solo abierto a la curiosidad de algunos eruditos, coleccionistas de antigüedades e incluso nostálgicos del feudalismo. Ya en el siglo xx, los medievalistas renovaron su estudio hasta alcanzar una calidad comparable, si no superior, a la de otras épocas históricas. La imagen de un medievo oscuro, uniforme y fanático en el que solo figuraban los reyes, los nobles, ciertos guerreros famosos y numerosos obispos y clérigos rodeados de una masa de fieles en procesión, quedó relegada al olvido. En lugar de ello, comenzaron a ocupar el primer plano de la investigación los campesinos y sus luchas, la economía y la demografía, el estudio de las mentalidades, la evolución de las clases subalternas, la recuperación de textos y documentos condenados por el poder eclesiástico o civil, o la sexualidad, tan ligada a la estructura estamental.

Martinez Lorca, Andres 

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Pascal. El hombre es una caña que piensa




 Pascal es uno de esos pensadores que la historia oficial de la filosofía suele mantener ocultos. El motivo de esta omisión no es que sus ideas no merezcan un papel principal dentro de la disciplina, sino que su pensamiento constituye una anomalía, y lo anómalo, al interrumpir el curso de la narración establecida, suele desecharse y relegarse a los márgenes. Muchos han justificado esta decisión señalando que la obra de Pascal no se sitúa dentro del territorio filosófico, sino que más bien pertenece, por una parte, al de la ciencia y, por otra, al de la apologética cristiana. Pero Pascal, al que podríamos comparar con un rayo, tanto por la corta duración de su vida -murió con apenas treinta y nueve años-, como por la fuerza de su pensamiento, justifica de sobra que visitemos esos márgenes y nos aproximemos a su obra, que sin lugar a dudas es de naturaleza filosófica. Tanto es así, que Pascal podría ser uno de los interlocutores más estimulantes que haya dado la historia del pensamiento.

Muñoz Barallobre, Gonzalo 

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Hume. Cuándo saber ser esceptico

Acepto la rectitud de la exclamación del poeta sobre los interminables proyectos de la raza humana: «¡El hombre y para siempre!».
David Hume


 

López Sastre, Gerardo 

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Ortega y Gasset. Pensar la circunstancia

 

«Circunstancia y decisión son los dos elementos radicales de que se compone la vida. La circunstancia es lo que llamamos el mundo. La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse en un mundo determinado e incanjeable: en este de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida».

"La rebelión de las masas, I, IV.

González Serrano, C.J. 

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Kierkegaard. El primer existencialista


Lo que cuenta es comprender a qué estoy destinado, percibir qué es lo que la Divinidad realmente quiere que yo haga; la cuestión es encontrar una verdad que sea verdad para mí, encontrar la idea por la que esté dispuesto a vivir y a morir. ¿De qué me serviría encontrar una verdad llamada objetiva, abrirme paso a través de los sistemas de los filósofos y ser capaz de pasarles revista cuando hiciera falta? [...] ¿De qué me serviría poder explicar el sentido del cristianismo, poder exponer muchos fenómenos particulares, si no tuviera para mí mismo y para mi vida un sentido realmente profundo? [...] ¿De qué me serviría que la verdad estuviese frente a mí, fría y desnuda, indiferente a que yo la reconozca o no, y me produjera más un estremecimiento temeroso que

una devoción confiada?

Sorf.n Kierkegaard, Diarios

Kierkegaard fue de lejos el pensador más profundo del siglo pasado.

Kierkegaard era un santo.

Ludwig Wittgenstein 

Solé, Joan 

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Freud. Un viaje a las profundidades

 

Todo hombre tiene perfecta conciencia de encerrar en su pensamiento cosas que nunca, o solo a disgusto, comunicaría a otros [...]. Sospecha también [...] que existen otras cosas que no quisiera uno confesarse a sí mismo, que se oculta uno a sí propio y que expulsa de su pensamiento en cuanto, por acaso, aparecen.

Sigmund Freud, Análisis profano

Pepiol Martí, Marc  

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Pitágoras y el pensamiento presocrático



Fragmento del Libro

Empezaré evocando un relato, probablemente conocido por el lector. Cuenta Cicerón en sus Disputaciones Tusculanas que, llegado Pitágo- ras a la ciudad de Fliunte en la Argólida, región del Peloponeso, tuvo ocasión de conversar sobre diversas cuestiones con el gobernante local Leonte, o León, según las traducciones, quien, estupefacto ante el saber de su interlocutor, vino a preguntarle indirectamente cuál era su oficio. El viajero habría respondido que no era experto en nada particular, sino que era «filósofo». Al parecer el término filósofo era desconocido para el interlocutor de Pitágoras, por lo que este le ilustró con una alegoría.

Gómez Pin, Víctor 

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Rousseau. Y la política hizo al hombre (tal como es)

 


Había visto que todo tendía radicalmente a la política y que ningún pueblo sería nunca otra cosa que lo que la naturaleza de su gobierno le hiciese ser; por eso la gran pregunta sobre el mejor gobierno posible me parecía reducirse a esta: ¿Cuál es la naturaleza de gobierno apta para formar al pueblo más virtuoso, más ilustrado, más sabio, el mejor en fin, tomando ese término en sentido más lato? ¿Cuál es el gobierno que por su naturaleza se

mantiene siempre más cerca de la ley?

J. J. Rousseau, Confesiones, Libro VIH

Aramayo, Roberto R. 

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