EN el siglo VIII, España se llamó al-Ándalus y constituyó la provincia más occidental de Dar al-
Islam, un inmenso territorio que se extendía desde Persia hasta el Atlántico, cuyos habitantes oraban
cinco veces al día en lengua árabe, dirigiendo sus plegarias hacia La Meca.
Diversas teorías señalan diferentes orígenes para el nombre de al-Ándalus. El más convincente
podría ser el derivado de «La isla de los Vándalos», tamurt Vandalus en bereber y, en árabe, aljazirat
al-Andalus. Los vándalos abandonaron la península ibérica por el estrecho de Gibraltar para
establecerse en la actual República Tunecina, donde dejaron no pocos vestigios de la cultura romana
y de un refinamiento que en nada avala la connotación que su nombre ha alcanzado en nuestros días.
Según otros autores, al-Ándalus también podría ser la traducción árabe de «isla del Atlántico o
Atlántida», que es el nombre que Platón dio a una isla mítica que se suponía próxima a la península
ibérica.
El lector observará que muchos nombres árabes, tanto de personajes como de ciudades, son
diferentes a los que encontrará en distintos libros. Esto se debe a la transliteración de los nombres a
las distintas lenguas. Por ejemplo, si se ha transliterado al francés, encontrará el nombre de Marouan;
si se ha transliterado al inglés, lo encontrará como Marwan, y, si se ha transliterado al castellano, lo
encontrará como Maruán. El mismo nombre escrito de tres maneras.
Se escriban como se escriban, los personajes, la cultura y las vivencias de al-Ándalus vinieron
y se marcharon, pero nos dejaron una huella indeleble que se refleja en nuestras construcciones, en
nuestras costumbres, en nuestra lengua, en nuestra fisonomía, en nuestra gastronomía y en nuestra
idiosincrasia.
Ana Martos Rubio
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