Marx. Del ágora al mercado


 La Historia, casi siempre escrita por los vencedores, suele asociar lo que considera «doctrinas del mal» a individuos concretos. Maquiavelo, por defender la primacía del poder político sobre el eclesiástico, fue erigido en autor de la doctrina basada en la máxima «el fin justifica los medios», que nos ha legado la historiografía como expresión del mal moral absoluto. Sobre él cayó la mayor condena, poner su nombre a esa doctrina. Algo parecido ha ocurrido con Marx, cuyo nombre ha quedado indisolublemente unido al del «comunismo». Y como los avatares de la historia han determinado que el comunismo haya quedado unido a personajes y hechos inquietantes (como la revolución cultural ), cuando no simplemente monstruosos (como el gulag ), y, sobre todo, como las experiencias comunistas en la URSS, China, Vietnam, Angola, Mozambique o Cuba, que se cobraron un enorme e inútil sufrimiento de sus pueblos, terminaron en fracaso, el marxismo, identificado con la teorización inspiradora de ese mal, ha pasado a la historia como pensamiento despreciable y diabólico. Y por tanto Marx, que en esencia solo aspiraba a la emancipación de los hombres, tanto respecto a los dioses del cielo como a ese atractivo dios la tierra que se llama «Capital», pasó a engrosar el grupo de individuos que, siendo realmente históricos en sentido de cosmopolitas, en tanto que hicieron avanzar el «espíritu universal», han sido indexados por la historia como autores del mal.


 Bermudo, J.M. 

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